Visión de la política de Hannah Arendt

LA TEORÍA DE LA PROPIEDAD DE HANNAH ARENDT

Resumen

 

En el presente trabajo se propone realizar un análisis sobre el pensamiento o visión de la política de Hannah Arendt. Considerados sus aportes, por algunos estudiosos, que su concepción política es una de las más elitistas que se ha elaborado en el siglo XX. Según Arendt, los totalitarismos han inmerso a la humanidad en tiempos de oscuridad, negando su condición más auténticamente humana, la condición política. Considerando, que la condición política supone el desempeño libre de la acción, en donde cada quien expresa su singularidad y su diferencia. Su pensamiento propone la exclusión de lo social y económico en el ámbito político que elimina la posibilidad de un renacimiento humanizado, en el seno del dominio público, a la población subordinada.

 

 

El aporte de Hannah Arendt al pensamiento político siempre estará a la vanguardia, ya que ha perfilado lo que constituye la humanidad, por su denuncia del siglo XX como siglo del totalitarismo. Ha sido precisamente Arendt quien ha diseñado una concepción del poder político que emerge desde la misma acción, creando nuevas categorías para pensar y articularnos como acción política dentro del dominio de la acción en un siglo que apenas comienza.

 

La política es considerada como inhumana cuando se reduce a la jerarquía vertical del Estado, o de alguna fuerza monolítica, que se constituye como injustificable, porque pretende acallar la pluralidad humana, esencialmente abierta a la singularidad y a las diferencias.

 

La propuesta de Arendt, es la de replantear la condición política en función del poder de la igualdad humana, cuya exigencia es integrar el respeto a la singularidad que nos diferencia a los seres humanos; donde el verdadero poder resulta de una acción conjunta y compartida dentro del espacio y el tiempo determinados por todos los hombres que se sienten a la vez distintos, pero iguales.

 

El análisis de la política de Arendt, señala como emerge el espacio público, que representa el aporte más significativo de la modernidad, en donde se enlazan la grandeza y la fragilidad de la humanidad que se realiza más plenamente en la democracia humana.

 

Sin embargo, el tema público no es la prioridad para Arendt; su pensamiento político se centra en el reino de la acción de unos actores que condicionados humanamente por la imprevisibilidad, la irreversibilidad de sus mismas acciones, se experimentan incapaces de imponer sus criterios, a no ser que concerten con los otros, también presentes en mismo escenario público y en igualdad de deberes, derechos y de condiciones.

 

Para entender un poco más a que se refiere Arendt con la acción, se describirán a continuación tres estados básicos de la humanidad propuestos por esta escritora: labor, trabajo y acción.

 

Labor es aquella actividad que corresponde a los procesos biológicos corporales que proporcionan tanto la sobrevivencia individual como la de la especie. Está relacionado a los ciclos interminables de la naturaleza. Labor es para Arendt efímero; jamás producirá algo permanente. Subordina a los hombres a sus necesidades físicas y emocionales más elementales, casi en al nivel instintivo. Allí, el miedo y la agresión median en las relaciones humanas, generan actos automáticos y compulsivos, siempre evanescentes si no destructivos y atroces. Arendt identifica al consumismo moderno como labor, por no producir jamás algo perdurable, parodiando tan sólo la vida biológica elemental.

 

Para romper este ciclo interminable, Arendt propone al hombre trabajador, cuya meta es crear artefactos permanentes, objetos que sobrevivan al hombre mismo; trabajo, el acto creativo, posee un inicio definido y, también, un fin claro y previsible.

 

Al tomar como ejemplo varias formas, como la fabricación de herramientas, la arquitectura, el arte y la poesía, se opone vigorosamente a la futilidad de labor, propiciando de ese modo la estabilidad en la vida. Arendt opina que el arte y la poesía son sus manifestaciones culminantes debido a la naturaleza especial de su indestructibilidad a través del tiempo.

 

Para Arendt, acción, la tercera faceta de la actividad humana, revela los rasgos definitorios del hombre como ser político. Acción es:

 

… la única actividad que se da directamente entre los hombres sin la intermediación de cosas o materia que corresponde a la pluralidad como condición humana, es decir, somos todos iguales, humanos, de tal manera que nadie es jamás igual a cualquier otro que haya existido antes, ahora o en el futuro.

 

Aquí, entonces, convergen dos corrientes que constituyen la categoría acción: la interdependencia profunda entre los seres humanos y, al mismo tiempo, su individualidad. Arendt sostiene que, de los tres niveles propuestos, sólo acción es totalmente contingente sobre la constante presencia de otros. Sin embargo, a pesar de la unicidad de cada uno, los humanos no podemos entender porque somos semejantes. Ante la presencia de otros (lo que Arendt denomina el dominio público), el hombre reafirma la realidad del mundo y, a la vez, de sí mismo, y tiene la oportunidad de revelar su verdadera y única identidad.

 

Arendt enfatiza la acción y el habla, como las supremas capacidades que exhiben plenamente nuestra humanidad. La condición de pluralidad está implícita en la acción y el habla; si no fuéramos distintos, no tendríamos necesidad de ellos.

 

Dos aspectos que Arendt percibe también como partes integrales de acción son la conexión de las relaciones humanas y lo imprevisible de las consecuencias del actuar. Ello refleja la condición lógica de la vida interpersonal: las acciones de uno afectan siempre a otros, quienes, a su vez, interactuarán con otros, y, así sucesivamente. Aunque cada uno comenzó su vida insertándose en el mundo humano por la acción y el habla, nadie es el autor ni el productor de su propia narrativa vital. En otras palabras, un proceso bien puede atribuirse a un agente inicial, pero éste generará reacciones y consecuencias de las cuales no es responsable. Arendt misma explica lo grandiosamente irrestricto de la acción como una inherente tendencia de rebasar todas las limitaciones y fronteras con su tremendo potencial para establecer relaciones.

 

Así, acción arrastra tras de sí la incertidumbre y lo inesperado, sirviendo para recalcar la visión arendtiana del hombre como agente libre e indeterminado.

 

En síntesis, la jerarquía en la actividad humana que Arendt erige con  sus nociones de labor, trabajo y acción, permite constatar el grado de excelencia que toda situación humana tiene para desencadenar nuestro autoconocimiento y potencia individual y colectiva. Acción tiene, para Arendt, la posibilidad de gestar una humanidad real, el habla significando la unicidad e interdependencia humana.

 

La condición política es el actuar libre, plural, impredecible, frágil e irreversible del hombre cuya raíz es el deseo de transformar el mundo y la experiencia de la pluralidad. Por tanto, la acción requiere del discurso y de la pluralidad, no es posible actuar en aislamiento y el discurso es la realización de la pluralidad, es decir, de vivir como ser distinto y único entre iguales. Es a través de la comunicación, en el lenguaje y en el discurso, como afirma, niega, cuestiona y comunica su proceder en ese espacio donde se cruzan la pluralidad de acciones e intereses.

 

Arendt reinterpreta la democracia griega como un mundo drásticamente polarizado: el hogar familiar privado, en contraste con la polis pública. El hogar queda marcado como asociación natural de seres que conviven para satisfacer sus deseos y necesidades básicos, con la figura masculina que domina, por la fuerza, a las mujeres, a los hijos y a los esclavos. Se atribuye a Arendt la concepción del dominio privado de los griegos como medio para establecer, entre seres sociales, vínculos internos, emocionales y económicos; asimismo, reconoce que la economía es de dominio doméstico. Arendt rescata, también, las implicaciones que la posesión de bienes (no la riqueza) tiene entre los griegos para facilitar su participación en la vida pública:

 

Poseer bienes significa controlar las necesidades de la vida, y por tanto, ser en potencia una persona libre para trascender su propia existencia y participar en el mundo comunal.

 

Una vez satisfechas sus necesidades biológicas, emocionales y económicas, el ciudadano griego conocerá la libertad sólo al dejar el dominio privado y adentrarse en el público, donde encarará a sus pares.

 

Arendt es muy enfática al negar la justicia distributiva o la igualdad socioeconómica como metas fundamentalmente políticas. Estos dos asuntos son clasificados como parte del mundo de labor, producción y consumo; y, si estuvieran tratados en el dominio público, debilitarían o eliminarían la libertad política al someterla al dominio de la necesidad.

 

En otro orden de ideas, muchos consideran la noción de Arendt sobre totalitarismo como la forma única de gobierno, como su máximo logro en la filosofía política. Al abolir el dominio público, en el que los hombres pueden reunirse como pares, los líderes de un régimen totalitario terminan con la libertad: la capacidad de actuar conjuntamente. No sólo la vida pública es destruida, sino también intenta aniquilar la vida privada.

 

Al negar el ámbito multiperspectivo de la opinión y el debate, el liderazgo totalitario se concentra en su propio pensamiento y lógica solitaria. Así comienza la conversión de su ficción particular en una realidad funcional, tanto para ellos mismos como para todos los miembros de una nación